Posted by Cody on December 22nd, 2008 in Cuentos clásicos, Intermediate-level

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A story from the Brothers Grimm about gratitude and showing appreciation for the people who touch our lives.
Había una vez un zapatero al que le iba muy mal en su negocio de calzado hecho a mano. Tan mal le iba, que llegó el momento en que en su taller únicamente quedaba un trozo de cuero para hacer nada más que un par de zapatos. Esa noche lo cortó y lo dejó listo para coserlo a la mañana siguiente. Se acostó y se durmió.
Al levantarse al día siguiente, encontró en su mesa de trabajo que el par ya había sido cocido y el cuero lustrado. El zapatero tomó los zapatos, los miró por todas partes, revisó las costuras, la suela, los cordones: ¡una verdadera obra maestra!
Confundido, se fue a vender los zapatos. A un cliente le gustaron tanto que pagó el doble de su precio.
Aquella noche repitió lo mismo que la anterior: cortó el cuero y lo dejó preparado para coserlo al día siguiente, y al levantarse por la mañana los halló terminados a la perfección. Ni él ni su esposa pudieron explicarse qué clase de mano mágica y bondadosa trabajaba por las noches para ayudarlos…
Nuevamente el hombre marchó a vender los pares. De inmediato aparecieron clientes y con el dinero obtenido pudo comprar cuero para cuatro pares. A la mañana siguiente, otra vez, halló los cuatro pares terminados, y lo mismo le ocurrió muchas otras veces. Pronto el zapatero se convirtió en un hombre de mucho dinero, casi rico.
Una tarde, cuando ya faltaba poco para la Navidad, la esposa del zapatero le propuso: “Quedémonos despiertos esta noche, y escondidos, para ver si podemos descubrir quiénes son los que nos ayudan de esta manera”. Así lo hicieron: dejaron la luz encendida, se escondieron en un armario, detrás de la ropa que había colgada en él y esperaron llenos de curiosidad.
A las doce de la noche, después de que las doce campanadas sonaron en el reloj, el matrimonio vio cómo, sigilosamente, entraban en la habitación tres lindos y pequeñísimos duendes que -¡Oh!- estaban desnudos a pesar del frío que hacía dentro y fuera de la casa. Los pequeños corrieron inmediatamente hacia donde el zapatero había dejado el cuero cortado, lo tomaron y comenzaron a trabajar sin descansar armando con increíble rapidez una enorme cantidad de zapatos. Antes del amanecer, ya terminado su trabajo, desaparecieron de repente.
Al día siguiente, mientras comentaba con su marido lo que había visto, la mujer dijo: “Esos duendes nos han dado más que lo que necesitábamos, y nunca nos pidieron nada a cambio; tenemos que hacerles saber de alguna forma nuestra gratitud. Deben de estar pasando muchísimo frío, así desnuditos como andan. Yo voy a coserles ropa y vos hacerles unos zapatitos”. El hombre se entusiasmó con la idea y ambos pusieron manos a la obra.
Esa noche, cuando los duendes llegaron, en el lugar donde antes el zapatero dejaba los cueros cortados, encontraron calzoncillitos, camisetas, pantalones, pulóveres, camperas, medias y tres pares de botas que eran una maravilla. Ahora los sorprendidos eran los duendes que, una vez vestidos, no podían dejar de mirarse al espejo, reír, cantar y bailar. Y casi al amanecer, se fueron bailando.
Desde aquel momento ni el zapatero ni su esposa volvieron a ver a los chiquitos. Pero tuvieron una buena vida y no pasaron miseria nunca más.
¡Felices fiestas y Próspero Año Nuevo! del equipo de Cody’s Cuentos
Photo: “Vintage elf” by azndc used under license from iStockPhoto.com